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¿En qué crees tú? ¿En qué creo yo?

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¿En qué crees tú? ¿En qué creo yo?

El 11 julio, 2016, Creado por , En Reflexión, Con 0 Comentarios

Nos preguntan a veces. Nos preguntamos nosotros. Y tratando de ser honestos con nosotros mismo y con quien tengamos delante, solo podemos decir (nada más y nada menos), que creemos en todo… y no creemos en nada.

¿Cómo explicar semejante paradoja? Complicado. Son de esas cosas que son más fáciles de entender que de, precisamente, explicar. Pero como es más sencillo en ocasiones exponer tamañas tesituras con ejemplos gráficos, vamos a contarles una curiosa experiencia en la que tuvimos la ocasión de participar, hace ya algún tiempo.

Hace unos años tuvimos la oportunidad de presenciar una sesión espiritista clásica. He aquí que conocimos a una médium británica que utilizaba métodos tan dieciochescos como burgueses, para entablar un supuesto contacto con el más allá. Y digo burgueses porque, la llamada “mesa parlante” (que fue el caso que nos ocupa), fue uno de los métodos de salón más habituales de la ferviente corriente espiritista europea de comienzos del siglo XIX. Una práctica de la alta burguesía, ya que el ciudadano obrero medio, fruto de la revolución industrial, tenía otras cosas más importantes con las que ocupar su escaso tiempo libre, que el pasar las tardes muertas tratando de hablar con los difuntos.

En esta ocasión, se utilizó una mesa plegable de aluminio, de tarima circular. La médium al frente y junto ella, en torno a la mesa, un nutrido grupo de personas. La mayoría eran miembros del equipo de investigación Clave7. Y un par, que nos habían acompañado por simple curiosidad, eran completamente ajenos a estos temas. Nuestro papel era el de simples observadores. El de estos últimos, digamos, sujetos de control. Todos situamos nuestras manos sobre la mesa.

La médium dio unos golpecitos sobre ella, y se reclinó esperando respuesta. Al tiempo que invitaba en voz alta, al “espíritu” al que pudiera interesar, a responder a sus preguntas. El código era simple: Una pregunta lanzada al aire. Si la respuesta es “Sí”, le indicaba a la “entidad” que moviera la mesa hacia la derecha, y viceversa.

Después de varios intentos infructuosos, aquella mesa comenzó a inclinarse. Primero tímidamente. Pero en breve fue haciendo movimientos más enérgicos hasta que, con aquel bamboleo, llegamos a pensar que quería salir caminando sola de allí.

Mientras, quien esto escribe, apuntábamos descaradamente nuestra linterna “tipo minero” a las manos de cada uno de los presentes. Huelga decir que nosotros mismos habíamos colocado las nuestras. Y no podemos precisar quién de los presentes ejercía la más mínima fuerza como para provocar aquel movimiento. Es más, algunos apenas rozaban las yemas de sus dedos sobre la tarima. Con el mismo descaro miramos debajo de la mesa, por si alguno estaba usando sus pies para gastarnos una broma. No era el caso. Pese a todo, nos tomábamos aquella situación bien en serio.

Los bamboleos, taconazos y giros de aquella mesita se repitieron en tantas ocasiones durante aquella velada que acabó resultándonos aburrido. También hubo momentos en los que no hacía el más mínimo caso. Tal es así que observamos cómo, más de uno y de dos de los presentes, dibujaba una mueca desagradable en su rostro mientras se llevaba la mano a la cintura. La escasa altura de la mesa, hacía que tuviéramos que reclinarnos levemente para tocarla. Postura que resultó incómoda pasados unos minutos. Algún acólito de lo mistérico, de cuyo nombre no quiero acordarme, pudiera opinar que “esta no es la actitud digna de un parapsicólogo” (¿¿¿Parapsicólogo yo???). Sin embargo, nos atrevemos a asegurar que estos leves inconvenientes sirvieron para mantener nuestra atención lejos de la sugestión. Y teniendo en cuenta la opinión de los presentes (al menos los miembros del equipo), incluyendo a los “sujetos de control”, a los que pudimos entrevistar posteriormente, estamos absolutamente en lo cierto.

Entonces ¿Se movía la mesa “sola”? Nos ha preguntado alguno tras relatarle esta experiencia. De nuevo tratando de ser honestos con nuestro interlocutor… y con nosotros mismos, respondimos en los siguientes términos:

No. Es más, era justo eso lo que esperábamos que ocurriera. Pero aquella mesita “solo se movía” si alguno de los presentes, al menos dos a la vez (con o sin médium), ponía sus manos encima. De “moverse sola”, bien pudiera haber salido volando por una ventana… Pero no lo hizo.

Si debemos atender a la honestidad de nuestros compañeros, ninguno de los que participaron dijo haberla movido, al menos conscientemente ¿La movimos nosotros? Según la Navaja de Ockham, esta debería ser la respuesta más probable. Si se nos permite matizar, diríamos que se movía “por” nosotros.

¿Es este pues un fenómeno paranormal? No tenemos la menor idea.

Pero, entonces ¿en qué crees tú? Esta vez la pregunta lleva un tono de contrariedad, seguro, perfectamente lógico.

¿En qué creo yo?

Otra de las preguntas que solemos sufrir, más que agradecer, viene a sonar así.

En la etapa en la que llevas dedicando tu tiempo a la investigación de esos fenómenos ¿Te ha pasado algo raro? ¿Has visto algo extraño?

No nos cansaremos de repetirlo. Siendo honesto con nosotros mismos y con quien tenga delante (insistimos), solo podemos responder que: depende de lo que considere usted como “raro” o “extraño”. Y aclaro. Tal vez algún sensor de movimiento a “saltado”, cuando nosotros suponíamos que no debería. En alguna ocasión hemos podido vislumbrar algo supuestamente inusual, a través de las cámaras infrarrojas. Pero que no tengamos la explicación a un hecho, no significa que ese hecho no tenga explicación.

Pero somos muchos en el equipo. Con muchos y diferentes criterios. Y si esta pregunta la trasladamos al resto de los compañeros, la respuesta cambia: Depende de a quien le preguntes.

De existir las llamadas “energías sutiles”, un servidor es un completo tarugo a la hora de “percibirlas”. De ser cierta la manifestación supuestamente espiritual llamada Fantasmogénesis, el que suscribe no ha sido jamás testigo de ello (al menos en un estado de absoluta vigilia… pero esa es otra historia). Por tanto, no nos queda otro remedio que utilizar otros medios, en nuestro caso más empíricos o técnicos, para tratar de certificar su realidad.

Claro, -dice quien yo se me- ahí está el problema. Para percibir, hay que estar predispuesto.

Y nosotros le respondemos a su vez con otra pregunta ¿Es que acaso no es la predisposición, la “clavija” perfecta para activar la sugestión? Si la idea consiste en “querer ver”, cualquiera puede ver dragones en las nubes… Y no es precisamente eso lo que en Quaestio Omnia queremos.

Dijo Goethe, “en la naturaleza nada ocurre que no esté directamente relacionado con su conjunto”. Si esto es así, por paranormales que los consideremos, si estos fenómenos ocurren en nuestra naturaleza… entonces son fenómenos naturales. Y es justo así como en Quaestio Omnia queremos “percibirlos”. Como percibimos la humedad en el aire cuando llueve, o el sonido del repiqueteo de las gotas de agua al impactar con el suelo. O como percibimos el calor del sol en nuestro rostro. O cuando vemos las estrellas brillar en el cielo nocturno. Si hemos de ser testigos de alguno de estos fenómenos, queremos que sean contundentes, no sujetos a interpretación. No necesitamos estar predispuesto para que la lluvia moje nuestras ropas, o para que el Astro Rey nos ponga morenos. O para que las estrellas palpiten en el cosmos. Basta con estar allí y mirar… Y creemos que ese requisito ya lo tenemos superado.

¿En qué creo? Pues creo en lo que siento. Pero una situación puede producirnos pánico a nosotros, y a otros, simplemente no. Esto indica cuan subjetiva es la percepción a ciertos niveles. Claro, algunos aducen al caso hipotético en que, estando cuatro personas en un mismo lugar, y que perciban lo mismo, ya es un claro ejemplo de todo lo contrario. Pero tampoco creemos que sea correcto este planteamiento. Porque existe un nexo común en esas imaginarias cuatro personas, y se trata justamente del lugar en que se encuentran.

Por otro lado, volviendo a lo gráfico del líquido elemento, imaginemos una situación en la que a un pequeño grupo de personas les pilla la lluvia. Algunos temerán por su salud, y saldrán corriendo a refugiarse. Otros simplemente se divertirán, dejando que el agua les empape. El agua es real. Pero lo que cada uno ve en ella es totalmente personal y subjetivo.

Siguiendo este ejemplo, y trasladado a una investigación o una visita, o una vivencia compartida (o no) en el ámbito de lo parapsicológico ¿Cómo podemos estar absolutamente seguros de que aquello que percibimos del lugar en que nos encontramos, o de la persona que tengamos delante, es una prueba contundente de “lo paranormal”, o por el contrario, no es otra cosa que el resultado de la codificación que nuestra mente realiza de lo que perciben nuestros sentidos, basada y matizada por nuestras creencias o nuestros miedos, o nuestras esperanzas y anhelos?

A pesar de tanta elucubración, probablemente innecesaria, alguno ha habido que se ha atrevido a sentenciar: “Tú no sientes o ves estas cosas porque no crees en ellas”.

Pero se equivoca. Sí creemos. Creemos en su posibilidad.

Aunque tal vez, el problema radique en que, no creemos en la posibilidad de que estas cosas nos pasen a nosotros…

Sí, seguramente es eso…

Quaestio Omnia

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